Sábado, 26 de julio de 2008
Cuántas veces me repetía mi padre este dicho popular cuando terminaba de comer y me veía obligado a dejar comida en el plato, al que había acomulgado de comida contra la avertencia paterna, porque ya no me cabía en el estómago. Ves, hijo, cómo se llena antes el papo que el ojo? Y es que mi gula se sobreponía a la capacidad de entender lo que mi padre quería decirme con el adagio popular. La reacción infantil se parecía más a la del perro dominado por sus instintos que a la de una persona que se sabe dominar ante los impulsos animalescos. No en vano entonces no era más que una personilla; pero que yo no me tenía por tal. No te eches tanto que no vas a poder terminarlo, me decía mi padre. Que sí lo acabo, padre, le replicaba convencido. Qué engañado estaba. Mi padre conocía mejor que yo lo que iba a pasar. Y es que todavía no era poseedor del uso pleno de la razón, pues aún no había llegado a la edad señalada como límite para tenerlo. Entre otras cosas me faltaba la experiencia y que mi padre sí tenía porque se la había dado su edad madura. Yo no podía relacionar lo que en aquel momento yo entendía como verdadero con lo que iba a resultar más tarde, para lo que se necesita la capacidad de comparar los dos términos. Esto sí lo tenía mi padre y por eso la experiencia le daría la razón. Mi reacción infantil algunas veces se enfrentaba a la advertencia paterna porque me parecía atentaba a mi libertad. Me consideraba lo bastante autosuficiente para creer saber lo que tenía que hacer entonces. ¡Que sí lo acabo! La equivocación seguía en mi inteligencia infantil y me hacía creer que elegía lo que más me convenía entonces. Pero no. La realidad le daba la razón a mi padre. Su hijo se movía más por sus instintos que por su menuda razón.
Por: BVDelgado | xVida | Comentarios (0) | Referencias (0)
mis reflexiones filosóficas y sociales, en voz alta, sobre la realidad de la vida humana, invitando, a su vez, a dialogar reposadamente, e intercambiando así nuestras posibles posiciones plurales.
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