Domingo, 30 de marzo de 2008
Todas las mañanas el vendedor de pescado fresco, de ahí que se le llamara el “fresquero”, venía al pueblo con su mercancía dentro de una caja de madera sobre el portaequipaje de su bicicleta. Se las daba de ateo y comunista, por eso también tenía un segundo apelativo “el rojo”. En cierta ocasión, tras una conversación con el caminero que estaba rellenando los agujeros de la carretera con tierra, no sin intención de hacerle saltar, Braulio el caminero le despide con una frase muy corriente en la boca de la gente del pueblo: “vete con Dios”. A lo que el fresquero respondió: “quédate tu con él que a mi no me hace falta”.Por lo visto, el fresquero ateo trabajaba para conseguir como todo mortal ser feliz , y tal vez, plenamente feliz. No sé de qué o de quién esperaría recibir esa felicidad. Lo cierto es que Dios estaba excluído de su esperanza. ¿Le haría feliz al fresquero el poco dinero recaudado en la venta del pescado? Es posible. Desde luego, era evidente, por sus conversaciones, que sus aspiraciones no estaban dirigidas a alcanzar metas transcendentes. Así como tampoco se conocía de él nada que pudiera empañar su natural moralidad. Sólo se sabía, porque así se confesaba, que era ateo y comunista.Ahora bien, lo que sí podemos deducir es que de Dios no esperaba ninguna felicidad. Y menos la bienaventuranza perfecta, la última, que no es otra que la visión de Dios mismo, identificado con nuestro origen y nuestro fin.Pero esto me hace cuestionarme si está en nuestras posibilidades humanas la visión de Dios, tal cual es. ¿No está por encima de nuestras capacidades intelectivas? Pues el conocimiento de cualquier criatura es según su modo de ser. Esto me lleva a pensar que cuando nosotros conocemos algo que está por encima de nuestra inteligencia, se da necesariamente que rebajamos la categoría de ese objeto de conocimiento, ya que al conocerlo lo asimilamos a nuestro modo de ser. Por el contrario, si lo que conocemos es inferior a nosotros, cuando lo conocemos lo elevamos de categoría, pues también lo asimilamos a nuestro ser.Igualmente, cuando conocemos a Dios, lo rebajamos de categoría al asimilarlo a nuestro ser, y por eso, entre otra muchas cosas nuestras, le atribuímos también nuestras imperfecciones. Por lo que el Dios nuestro en alguna manera siempre está tildado de nuestras deficiencias humanas. Por consiguiente, ni nosotros los seres humanos, ni ninguna otra criatura, puede conseguir adentrarse por los medios naturales en la misma entidad divina productora de la felicidad última, a la que la mayoría de los mortales, con pequeñas excepciones, como la del “fresquero”, orientan su existencia.
Por: BVDelgado | xMoral | Comentarios (0) | Referencias (0)
mis reflexiones filosóficas y sociales, en voz alta, sobre la realidad de la vida humana, invitando, a su vez, a dialogar reposadamente, e intercambiando así nuestras posibles posiciones plurales.
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