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Martes, 28 de noviembre de 2006

el chimpancé del zoo

 



Un grupo de escolares, dirigidos por la profe de una clase práctica de zoología, reían y manifestaban toda clase de chanzas ante una jaula de monos que, parecía querían divertir a la chiquillería. Un chimpacé les hacía toda clase de “monadas”.

La cara de los niños y niñas se mostraba reluciente por las carcajadas. Yo miraba de reojo, y esta escena llegó a producirme una especie de pena incontenible. Hasta llegué a imaginarme qué sucedería si dentro de la jaula estuvieran seres humanos y fuera, como espectadores, un grupo de monos.

Pero enseguida me autoconvencí de que ese intercambio de protagonistas era imposible que sucediera. Los humanos y los chimpancés pertenecemos a dimensiones distintas que nos separa un abismo infranqueable para ambos seres.

En el mundo de los humanos hay todo un entramado complejísimo de exhortaciones, consejos, preceptos, prohibiciones, premios y castigos que están orientados a regular el comportamiento humano. Nosotros desconocemos si los simios necesitan un complejo similar de normas para conducirse ensu vida.

  Seguramente, aquellos muchachitos estudiarán que en el mundo de los minerales las cosas suceden sin poderles achacar ningún juicio previo que les dirijan los movimientos. Los pedruscos caen rodando cuesta abajo por inercia natural. Y punto.

No sucede así con aquellos monos que les estaban entreteniendo aquella mañana soleada de otoño. Cuando veían al chimpancé mondando el plátano que le había tirado un compañero de clase, la profe les hacía notar que aquel simio hacía aquello sin darse cuenta de lo que hacía, pues se movía solamente por instinto natural. Y qué bien lo debieron entender aquellos alumnos, pues era algo parecido a lo que ellos hacían a escondidas en la clase anterior al recreo de media mañana. No se pueden aguantar y esperar unos minutos para cuando salen al patio. Tienen tanta hambre que se les hace casi imposible no echar mano del bocata que guardan en la mochila. Pero sí lo consiguen, pues hay una norma que les prohibe comer dentro de las aulas, y pueden ser castigasdos si les sorprenden comiendo.

Los profesores llegar a dudar de sus alumnos, si muchas veces sus escolares adolecen de capacidad racional de análisis, necesario, por su parte, para juzgar sobre lo que deben evitar o buscar lo más conveniente para ellos. Peor la profe vence la tentación, pues sabe muy bien que su clase está formada por unas veinticinco personillas, no una manada de animalitos, al igual que aquellos chimpacés encerrados en la jaula del zoo.

Por: BVDelgado | xVida | Comentarios (0) | Referencias (0)

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mis reflexiones filosóficas y sociales, en voz alta, sobre la realidad de la vida humana, invitando, a su vez, a dialogar reposadamente, e intercambiando así nuestras posibles posiciones plurales.

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