Miércoles, 27 de septiembre de 2006
Es corriente oir a alguien que “hay miradas que matan”. Viene a ser lo mismo de lo que ya un antiguo escritor decía: “algunos tienen ojos como de fuego y con su mirada emponzoñan a otros, y en especial a los niños.” ¿Es posible esto? ¿Es que en el ser humano la psiqué puede alterar la materia corporal?
Será el filósofo árabe Avicena quien intentó dar una respuesta a estos interrogantes. Precisamente para este pensador la causa de la fascinación no era otra que el hecho de que la materia corporal responde mejor a la sustancia espiritual que a los agentes naturales contrarios. Se da el caso que cuando la representación imaginaria es tan fuerte, que la masa corporal se altera, y por eso se dan las miradas fascinantes
Otra curiosa explicación la encontramos en otro antiguo e ilustre filósofo griego, Aristóteles. Está claro para él que, a excepción única del Creador, la materia corporal no está al arbitrio de las otros seres espirituales. Por lo cual parece más propio pensar que el alma, con una fuerte representación imaginaria, puede alterar los espíritus que anidan en el cuerpo. Y esta alteración tiene lugar principalmente en los ojos, donde se dan cita los espíritus más sutiles. Después los ojos infectan el aire cercano hasta un determinado espacio, al igual que, por ejemplo los espejos nuevos y limpios se empañan con la mirada de la mujer cuando tiene la menstruación.
Así, pues, cuando el alma siente una vehemente conmoción maligna, como se cuenta que puede ocurrir con esas viejas hechiceras, que encontramos deambulando por las calles en busca de la inocente pieza, la mirada de éstas, se hace ponzoñosa y dañina del modo que describe el clasico pensador, especialmente para los niños que son muy impresionables.
En otro orden también es posible que por permisión de Dios, o incluso por algún otro hecho oculto, intervenga la malicia de los demonios, con los que las viejas hechiceras pueden haber pactado algo.
Por: BVDelgado | xMundo | Comentarios (0) | Referencias (0)
mis reflexiones filosóficas y sociales, en voz alta, sobre la realidad de la vida humana, invitando, a su vez, a dialogar reposadamente, e intercambiando así nuestras posibles posiciones plurales.
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