Domingo, 05 de marzo de 2006
La sublimidad del Ser divino y, por su parte, la limitación del ser humano, suscitan en nosotros la cuestión de si alguna inteligencia creada puede ver a Dios en su esencia
Puesto que un ser es cognoscible tanto en cuanto está en acto, en el caso concreto de Dios, que, por definición, es acto puro sin mezcla alguna de potencialidad, en cuanto tal, es cognoscible en grado sumo.
Pero según lo afirmado anteriormente, este ser puro deja de ser cognoscible por alguna inteligencia, precisamente por sobrepasar su capacidad cognoscitiva. Como sucede, salvadas las distancias, por ejemplo, el sol, que es lo más visible, por su exceso de luz no puede ser visto por el murciélago.
Partiendo de este principio, algunos lo hicieron extensivo a toda inteligencia creada, de manera que negaron la posibilidad de ver la esencia divina.
Pero para el Maestro Tomás de Aquuino esto no es aceptable porque, dado que la suprema felicidad del hombre consiste en la más sublime de sus operaciones, esto es, “la intelectual”, si la inteligencia creada no puede ver nunca la esencia divina, entonces, o nunca conseguirá la felicidad, o tendremos que decir que ésta se encuentra en algo que no es Dios.
Ahora bien, este presupuesto es contrario a la razón misma. Porque cuando el hombre ve un efecto, experimenta el deseo natural de ver su causa. Precisamente, es de ahí de donde brota la admiración humana, origen de la filosofía. Así, pues, si la inteligencia de la criatura racional no llegase a alcanzar la causa primera de las cosas, su deseo natural quedaría radicalmente defraudado.
Por: BVDelgado | Teodicea | Comentarios (0) | Referencias (0)
mis reflexiones filosóficas y sociales, en voz alta, sobre la realidad de la vida humana, invitando, a su vez, a dialogar reposadamente, e intercambiando así nuestras posibles posiciones plurales.
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