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Domingo, 01 de enero de 2006

árbol de la vida

En los inicios de la humanidad el “árbol de la vida” causaba tan sólo la inmortalidad del ser humano, pero no absolutamente, sino en una cierta manera.

El Maestro dice que para demostrar la afirmación de arriba, hay que tener presente que el hombre en aquella situación tenía dos remedios contra los dos siguientes defectos.
El primero, la pérdida de humedad por efecto del calor natural, instrumento del alma. Esto lo remediaba aquellos primeros hombres comiendo de los otros árboles existentes en el Paraíso, del mismo modo que ahora nosotros nos alimentamos comiendo.
El segundo defecto se debe a que, como dice también el Filósofo en I De generatione, cuando se añade algo extraño a una cosa húmeda, ésta pierde parte de su virtud activa. Así, por ejemplo, el agua añadida al vino toma el sabor de éste. Pero si se aumenta la cantidad, disminuye la fuerza del vino y acaba por aguarse.
Así, pues, vemos que, en un principio, la fuerza activa de la especie humana era tan vigorosa, que no sólo transformaba el alimento necesario para restaurar las fuerzas perdidas, sino también para el crecimiento. Mas tarde el alimento consumido sólo da para restaurar las fuerzas perdidas; finalmente, en la vejez, ni siquiera sirve para esto, llegando así la decrepitud y la disolución natural del cuerpo.
Contra este defecto se fortalecía el ser humano comiendo del árbol de la vida, que robustecía el vigor de la especie contra el desgaste originado por mezcla de cosas extrañas. Por eso, el gran filósofo Agustín, en el capítulo XIV “De Civitate Dei”, escribe: “Tenía a mano la comida, para que no tuviese hambre; la bebida, para que no tuviese sed; y el árbol de la vida para que no le aniquilara la vejez”. Y en otra parte añade: “El árbol de la vida infundía la incorrupción a los hombres como una medicina”.

Pero esta inmortalidad no era absoluta, pues la virtud que redundaba del alma en el cuerpo no provenía del árbol de la vida, ni éste podía dar al cuerpo una inmortalidad perpetua. La virtud de cualquier cuerpo es limitada; por eso, la virtud del árbol de la vida no podía hacer durar al cuerpo infinitamente en el tiempo, sino sólo unos solos determinados años.
Es evidente que, cuanto mayor es la virtud de algo, más perdurable es su efecto. Por lo tanto, si la fuerza del árbol de la vida era finita, su gusto preservaba de la corrupción por un cierto tiempo. Acabado este tiempo, o el hombre hubiera sido trasladado a una vida espiritual, o de nuevo hubiese necesitado comer del árbol de la vida.

Por: BVDelgado | Antropología | Comentarios (0) | Referencias (0)

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mis reflexiones filosóficas y sociales, en voz alta, sobre la realidad de la vida humana, invitando, a su vez, a dialogar reposadamente, e intercambiando así nuestras posibles posiciones plurales.

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