Miércoles, 28 de diciembre de 2005
Algunos antiguos escritores sostenían la opinión de que los animales salvajes y carnívoros, cuando el ser humano estaba en su estado primigenio, eran mansos con el hombre y también con los otros animales.
Sin embargo, para Tomás de Aquino esta postura se opone a la razón, porque el mal original no cambió la naturaleza de los animales haciendo que los que ahora son carnívoros, como los leones y halcones, hasta entonces eran herbívoros.
También, según el escritor Beda, la hierba y los troncos no fueron dados como alimento a todos los animales y aves, sino sólo a algunos. Por lo tanto, cabe admitir que entonces también había discordia entre los animales.
Pero esto no limitaba el dominio del hombre sobre los animales, como tampoco limita ahora el dominio de Dios, cuya Providencia dirige todo esto. De esta providencia el hombre era mero ejecutor, como ahora sucede con algunos animales domésticos, por ejemplo, los halcones, a los que alimenta de gallinas. 
Por otra parte, en el estado primitivo de supuesta inocencia, los hombres no necesitaban animales para cubrir las necesidades corporales; ni para sus vestidos, pues estaban desnudos y no se avergonzaban, porque en ellos no había ningún movimiento desordenado de la concupiscencia; ni para alimento, pues comían de los árboles del paraíso; ni como vehículo, pues su cuerpo era lo suficientemente robusto para valerse por sí mismo. Sin embargo, sí que los necesitaban para un conocimiento experimental tomado de su comportamiento natural. Lo prueba el hecho que el nombre dado a los animales por el hombre, era para designar precisamente su naturaleza.
También los animales tienen en su natural instinto una cierta participación en la prudencia y razón humanas. Así, por ejemplo, como las grullas siguen a su guía y las abejas obedecen a su reina, del mismo modo entonces obedecerían al hombre todos los animales, de la misma manera que ahora lo hacen los domesticados.
Por: BVDelgado | Cosmología | Comentarios (0) | Referencias (0)
mis reflexiones filosóficas y sociales, en voz alta, sobre la realidad de la vida humana, invitando, a su vez, a dialogar reposadamente, e intercambiando así nuestras posibles posiciones plurales.
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