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Jueves, 03 de noviembre de 2005

tacto e inteligencia

No en vano, el tacto en los seres humanos tiene su sede en todo el cuerpo, dependiendo su específica localización de la cualidad que capte en cada momento.

Aceptado que la forma no tiene la razón de ser por la materia, sino más bien ésta es deudora de la forma, en consecuencia, a partir de dicha forma debe fundamentarse el razonamiento de por qué la materia es de tal naturaleza, y no al revés.
Parece ser que en el orden de la naturaleza el alma intelectiva ocupa el más bajo lugar entre las sustancias intelectuales, debido a que no le es connatural el conocimiento innato de la verdad, sino que se ve obligada a desgranarla a través de los sentidos tomándola de la multiplicidad de las cosas, como escribe el clásico Dionisio en el capítulo 7 “De Divinis Nominibus”.
Por otra parte, sabemos que en lo necesario la naturaleza no le falla a ningún ser. Por eso, sería preciso que el alma intelectiva no solamente tuviera la facultad de entender, sino también la de sentir. Pero como resulta que la acción sensitiva no se puede llevar a cabo más que por medio de un órgano corporal, por eso se precisa que el alma intelectiva se una a un cuerpo constituido de tal manera que pueda servir convenientemente de órgano a los sentidos.
Ahora bien, es seguro que todos los sentidos se fundamentan en el tacto. Pero el órgano del tacto precisa que sea algo intermedio entre los contrarios que puede percibir, como, por ejemplo, lo frío y lo caliente, lo húmedo y lo seco. Pues, así, se encuentra en potencia con respecto a unos y otros pudiendo recibir la sensación. Por eso, cuanto más se acerque a dicho punto medio la composición del órgano del tacto, más perfecta será la capacidad sensible táctil.
Sin embargo, el alma intelectiva posee el más alto grado de capacidad de sentir, pues, como también suscribe Dionisio en el libro citado anteriormente, las cualidades del ser inferior se encuentran más perfectamente en el superior. Por lo tanto, fue necesario que el cuerpo al que estuviera unida el alma intelectiva, fuera un cuerpo compuesto y de complexión más equilibrada que los demás.
Por eso, de todos los animales el hombre es el que posee el mejor tacto. Y entre los hombres, los de más fino tacto son por su parte los mejor dotados de inteligencia. Prueba de ello es, como se dice en II De Anima, de Aristóteles, “el hecho de que vemos cómo los más refinados son de buena valía mental”.

Por: BVDelgado | Psicología | Comentarios (0) | Referencias (0)

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mis reflexiones filosóficas y sociales, en voz alta, sobre la realidad de la vida humana, invitando, a su vez, a dialogar reposadamente, e intercambiando así nuestras posibles posiciones plurales.

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