Jueves, 29 de septiembre de 2005
Comenzamos afirmando que el entendimiento, principio de la operación intelectual, es forma del cuerpo humano.
Sin duda, lo primero por lo que obra un ser se debe a su forma, al que se le atribuye la acción; así como, por ejemplo, lo primero por lo que sana un cuerpo es la salud misma; igualmente lo primero que hace que el alma tenga conocimiento es la ciencia. De ahí que la salud sea forma del cuerpo y la ciencia lo sea del alma. Y esto es así porque ningún ser obra sino en cuanto que está en acto; en consecuencia, obra por aquello que hace que esté en acto. 
Como también es evidente que lo primero por lo que un cuerpo vive es el alma. Y como en los diversos grados de los seres vivientes la vida se expresa por distintas operaciones, lo primero por lo que ejecutamos cada una de estas operaciones es el alma. En efecto, el principio vital es lo primero por lo que nos alimentamos, sentimos y nos movemos localmente; y asimismo es lo primero por lo que entendemos. Por lo tanto, este principio por el que primeramente entendemos, tanto si le llamamos entendimiento como alma intelectiva, es forma del cuerpo. Esta es la demostración que ofrece Aristóteles en el II De Anima.
Si alguien insiste en afirmar que el alma intelectiva no es forma del cuerpo, precisa que señale cómo el entender es una acción de este hombre concreto; pues quien entiende, experimenta que él es el que entiende. Ya que la acción se atribuye a alguien de tres maneras, como nos consta por el Filósofo en V Physicorum. De hecho se dice que algo mueve o actúa con todo su ser, como, por ejemplo, el médico que cura; o con parte de su ser, verbigracia, el hombre ve por los ojos; o por medio de algo accidental, así lo blanco edifica, por ser blanco el hombre que lo hace.
Ahora bien, al decir, por ejemplo, que Sócrates o Platón conocen, es evidente que no se lo atribuimos accidentalmente, puesto que lo hacemos en cuanto que son seres humanos, y el ser hombre en ellos es esencial. Por lo tanto, hemos de decir que Sócrates entiende con todo su ser, que es lo que defendía Platón al identificar el ser humano con el alma intelectiva; o también hay que decir que el entendimiento es alguna parte de Sócrates.
Lo primero no es sostenible de ninguna manera, puesto que es el mismo hombre quien percibe tanto el entender como el sentir. Y sabemos que el sentir no se da sin el cuerpo; de ahí que se necesita que el cuerpo forme parte del hombre. Por lo tanto concluímos que el entendimiento con el que Sócrates entiende, es alguna parte de Sócrates; así como que el entendimiento de algún modo está unido al cuerpo de Sócrates. 
En el III De Anima, el Comentarista dice que dicha unión se realiza por la especie inteligible. Lo cual tiene un doble sujeto: uno, el entendimiento posible; otro, las mismas imágenes que están en los órganos corporales. De este modo, la especie inteligible sirve de unión entre el entendimento posible y el cuerpo de este o aquel hombre.
Pero esta continuidad o unión no es suficiente para que la acción de la inteligencia sea acción de Sócrates. Esto es evidente si se compara con lo que ocurre en los sentidos, de los cuales parte Aristóteles para analizar lo propio del entendimiento. Pues, como se dice en el III De Anima, la relación entre las imágenes sensibles y el entendimiento es idéntica a la existente entre los colores y la vista. Por lo tanto, así como las especies de los colores están en la vista, así también las especies de las imágenes sensibles están en el entendimiento posible.
Es evidente, asimismo, que por el hecho de que los colores estén en la pared, la acción de ver no se atribuye a la pared; pues no decimos que la pared ve, sino, más bien, que esta es vista por otro. Y del hecho de que las imágenes sensibles estén en el entendimiento posible, no se sigue que Sócrates, en quien están las imágenes sensibles, entienda; sino que él mismo, o sus imágenes, son entendidas.
Por: BVDelgado | Psicología | Comentarios (0) | Referencias (0)
mis reflexiones filosóficas y sociales, en voz alta, sobre la realidad de la vida humana, invitando, a su vez, a dialogar reposadamente, e intercambiando así nuestras posibles posiciones plurales.
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