Jueves, 08 de septiembre de 2005
¿ el poder es un elemento integrante, en exclusividad, de la felicidad última del hombre?
Comenzamos afirmando la imposibilidad de que la felicidad última consista en la posesión del poder. Y se fundamenta dicha aserción en dos razones suficientemente argumentadas.
La primera, porque el poder tiene razón de principio, como escribe Aristóteles en el libro V Metaphysicorum. Por el contrario, la felicidad del hombre, por su misma definición. tiene razón de fin último.
El segundo argumento refuerza la afirmación inicial, porque el poder vale indistintamente para hacer el bien y para el mal; en cambio, la bienaventuranza es el bien propio y perfecto del hombre.
En consecuencia, puede haber algo de felicidad en el ejercicio del poder, más propiamente que en el poder mismo, si se desempeña virtuosamente. 
Por otra parte, pueden aducirse, con todo, cuatro razonamientos generales para probar que la felicidad tampoco puede consistir en ninguno de los bienes externos de los que venimos hablando por separado.
Una primera razón es que, por ser la felicidad última el bien sumo del hombre, en consecuencia, no es compatible con algún mal. Ahora bien, todos esos bienes los encontramos tanto en los buenos como en los malos.
La segunda argumentación es que, por ser propio de la bienaventuranza el ser suficiente por sí misma, como se dice en I Ethicorum, es de rigor que, una vez alcanzada la felicidad, no le falte al hombre ningún bien necesario. Sin embargo, después de lograr cada uno de esos bienes, pueden faltarle al hombre otros muchos también necesarios, como es el caso de la sabiduría, la salud corporal, etc.
En un tercer lugar, vemos la felicidad nunca puede ocasionar a nadie ningún mal, ya que su constitutivo es un bien perfecto; y que constatamos esto no sucede con los bienes citados hasta ahora.
Por último, nuestra razón nos asegura que el ser humano se ordena a la felicidad última por principios internos, esto es, por naturaleza. Mientras que esos cuatro bienes referidos proceden de causas externas y, con frecuencia, de la fortuna, de ahí que se les llame también bienes de fortuna. Por tanto, queda claro que de ningún modo puede consistir la bienaventuranza del hombre en la posesión plena de dichos bienes terrenales.
Por: BVDelgado | Etica | Comentarios (0) | Referencias (0)
mis reflexiones filosóficas y sociales, en voz alta, sobre la realidad de la vida humana, invitando, a su vez, a dialogar reposadamente, e intercambiando así nuestras posibles posiciones plurales.
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