Lunes, 05 de septiembre de 2005
A partir de sus definiciones, nos preguntamos si ¿podemos señalar alguna diferencia entre el tiempo y la eternidad?
Es evidente a nuestra razón que el tiempo y la eternidad no son lo mismo. Mas el fundamento de su diversidad consiste para algunos filósofos en que la eternidad no tiene ni principio ni fin, mientras que el tiempo sí tiene principio y fin.
Ahora bien, esta diferencia es accidental, no esencial. Porque, aun considerando que el tiempo no hubiese tenido principio ni fuera a tener fin, como sostienen quienes tienen por eterno el movimiento del cielo, aún en este supuesto se mantendría la diferencia entre eternidad y tiempo. Ya que, como dice Boecio en el libro De consolatione, la eternidad es totalidad simultánea, cosa que no le corresponde al tiempo. Además la eternidad es la medida del existir permanente, mientras que el tiempo lo es del movimiento. 
Sin embargo, si la anterior diferencia la aplicamos a lo medido, pero no a los instrumentos de medición, nos encontramos con otra fuerza argumental. Con el tiempo se mide sólo lo que en el tiempo tiene principio y fin, como se dice en el IV Physicorum. De ahí que, si el movimiento del cielo durara siempre, el tiempo no se mediría por su duración total, pues lo infinito no es medible; pero sí podría medirse alguna rotación que en el tiempo tiene principio y fin.
Más todavía, puede haber otro argumento basado en estas medidas, si se toma el fin y el principio en cuanto potencia. Porque, aun considerando que el tiempo siempre dure, sin embargo es posible señalar en el tiempo el principio y el fin siempre que tomemos alguna de sus partes, como, por ejemplo, cuando decimos principio y fin del día o del año.
Y esto no es aplicable a la eternidad. Sin embargo, estas diferencias presuponen lo que es la diferencia en sí misma, es decir, que la eternidad es totalidad simultánea y el tiempo no.
Por: BVDelgado | Cosmología | Comentarios (0) | Referencias (0)
mis reflexiones filosóficas y sociales, en voz alta, sobre la realidad de la vida humana, invitando, a su vez, a dialogar reposadamente, e intercambiando así nuestras posibles posiciones plurales.
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