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Miércoles, 15 de junio de 2005

Los cuerpos celestes y los terrestres

Aquí se plantea la existencia o inexistencia de influencia unilateral de los cuerpos celestes sobre los terrestres.


El punto de partida es que los cuerpos celestes actúan sobre los cuerpos terrestres directamente y por sí mismos. Sin embargo en las facultades del alma, que son los actos de los órganos corpóreos, obran directa, pero accidentalmente, porque los actos de tales potencias necesariamente no se dan, cuando en sus órganos hay impedimentos; así, por ejemplo, con los ojos lacrimosos no se ve bien.
De modo que, si el entendimiento y la voluntad fuesen facultades dependientes de órganos corpóreos, como pensaron algunos, que decían que el entendimiento no se diferenciaba de los sentidos, se seguiría necesariamente que los cuerpos celestes podrían ser causa de la elección y de los actos humanos.
De esto se seguiría, a su vez, que el hombre podría ser impulsado a sus operaciones por el instinto natural, como sucede en los animales irracionales, en los que no hay facultades del alma independientes de sus órganos corpóreos. Porque lo que se realiza en estos seres inferiores por influjo de los cuerpos celestes se hace naturalmente. Según esto, se seguiría que el hombre no tendría libre albedrío, sino acciones determinadas, al igual que en los demás seres naturales. Todo lo cual es evidentemente falso y contrario a lo que vemos de continuo en la vida humana.

Hay que admitir sin embargo, que las influencias de los cuerpos celestes pueden llegar, indirecta y accidentalmente, hasta el entendimiento y la voluntad. Esto sucede en la medida en que tanto la inteligencia como la voluntad se suministran, en cierta manera, de las facultades inferiores las cuales dependen de órganos corpóreos.
Pero hay en esto una diferencia grande entre ambas potencias. Porque la inteligencia recibe necesariamente lo que le suministran las facultades aprensivas inferiores. De modo que perturbadas la imaginación, o la estimativa, o la memoria, por necesidad, se resiente también la acción del entendimiento.
En cambio, la voluntad no sigue necesariamente la inclinación del apetito inferior, pues, aunque no dejen las pasiones irascibles y concupiscibles de tener cierta fuerza para inclinarla, queda, sin embargo, en su poder, el seguirlas o rechazarlas. A esto se debe que la acción de los cuerpos celestes, por la cual pueden ser alteradas las potencias inferiores, sea menos efectiva respecto de la voluntad, causa inmediata de los actos humanos, que de la inteligencia.

Pero, como es absolutamente cierto que el entendimiento y la voluntad no son facultades dependientes de los órganos corpóreos, no es posible que los cuerpos celestes sean causantes de los actos humanos.
Efectivamente, aunque de la acción de los cuerpos celestes se sigan algunas tendencias en la naturaleza corporal, sin embargo, la voluntad no sigue necesariamente tales inclinaciones. Por lo tanto, no hay inconveniente alguno afirmar que el efecto de los cuerpos celestes sea impedido no sólo por lo que al hombre se refiere, sino también a aquellas cosas a las cuales se extiende la acción del hombre.
Sin embargo, en las cosas naturales no hay principio alguno del tenor de la voluntad humana, que tenga libertad para seguir o no seguir las impresiones de los cuerpos celestes. Parece, pues, que, al menos en las cosas naturales, todo acontece necesariamente, conforme al antiguo razonamiento de aquellos que, suponiendo que cuanto existe tiene causa y que, puesta ésta, por necesidad se ha de seguir el efecto, venían a concluir que todo absolutamente sucede por necesidad. Esta opinión fue refutada por Aristóteles en VI Metaphysicorum, fundamentándose precisamente en los dos supuesto en que éstos se basaban.
Primero porque no es verdad que, puesta cualquier causa, se siga necesariamente el efecto. Pues hay causas que no están ordenadas a producir por necesidad sus efectos, sino a producirlos algunas veces, pudiendo fallar en un número menor de casos. Sin embargo, como tales causas no fallan casi nunca a no ser que lo impida otra causa, parece que con esta respuesta no desaparece el inconveniente señalado, dado el caso de que también el supuesto impedimento se interpone por necesidad.
En segundo lugar,se responde que todo aquello que es esencialmente un ser, tiene causa; pero lo que sólo accidentalmente es ser, no tiene causa , puesto que no es propiamente ser, al no ser propiamente uno. Y esto precisa un ejemplo: Tiene causa el ser blanco y la tiene igualmente el ser músico, pero el ser músico blanco no la tiene.

Ahora bien, es evidente que la causa que impide la acción de alguna otra causa ordenada a producir su efecto la más de las veces, concurre a veces con ella accidentalmente, y, por consiguiente, tal concurso de causas no tiene causa, dado que es accidental. Por eso, lo que se siga de tal concurso no puede reducirse a alguna causa preexistente, de la cual se siga necesariamente. Esto también requiere un ejemplo: El que se produzca en la parte superior de la atmósfera algún cuerpo terrestre ígneo y que caiga abajo, tiene por causa algún poder celeste, y asimismo puede reducirse a algún principio celeste el que haya sobre la superficie de la tierra alguna materia combustible. Pero que al caer el fuego dé sobre esta materia y la incendie, no tiene por causa algún cuerpo celeste, sino que sucede por casualidad, accidentalmente. De este modo, es evidente que no todos los efectos de los cuerpos celestes se producen necesariamente.

Por: BVDelgado | Psicología | Comentarios (0) | Referencias (0)

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mis reflexiones filosóficas y sociales, en voz alta, sobre la realidad de la vida humana, invitando, a su vez, a dialogar reposadamente, e intercambiando así nuestras posibles posiciones plurales.

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