Sábado, 28 de mayo de 2005
¿con el hado estamos ante una realidad cosmológica o más bien hay que encuadrarla entre las entelequias?
Nos encontramos que
en este mundo algunas de las cosas suceden fortuitamente y otras por casualidad. A veces ocurre que un acontecimiento, que atendiendo a las causas inferiores es fortuito o casual, y cuando se refiere a otra causa superior parece que es intencionado. Así por ejemplo, si dos empleados de un señor son enviados por él a un mismo lugar sin saberlo uno del otro, encontrarse allí los dos es puramente casual para ellos, puesto que sucede sin intentarlo ninguno de los dos. Pero para el señor que los mandó, no es casual, sino conocido e intencionado. Pues, precisamente por ahí iría el concepto de hado.
Mas hubo algunos filósofos que rechazaron reducir a una causa superior estas realidades casuales y fortuitas que ocurren en los seres de aquí abajo. Estos negaron el hado y también la Providencia. Es el caso del escritor Tulio, tal como nos cuenta el gran pensador Agustín en su obra De Civitate Dei.
Otros escritores intentaron reducir a una causa superior, concretamente a los cuerpos celestes, todas las cosas fortuitas y casuales que acaecen en nuestro mundo, bien sea en el orden natural o en el orden humano. Según esta opinión, el hado no sería más que la disposición de los astros bajo la cual cada uno fue concebido o nació.
Pero para otro eminente filósofo, como es Tomás de Aquino, esto no es aceptable de ninguna de las maneras y para rechazarlo aduce dos profundas razones.
La primera se refiere a las realidades humanas. Ya que los actos humanos no están sometidos a la acción de los cuerpos celestes, a no ser de forma accidental e indirecta. Mas, como la causa de la fatalidad debe tener una ordenación sobre lo que se realiza por hado, tal causa necesariamente ha de ser esencial y directa de lo que se hace.
Y la segunda razón hace referencia a cuanto se hace por accidente. Pues lo que sólo accidentalmente es ser, no tiene causa, puesto que no es propiamente ente, al no ser propiamente uno. Por ejemplo, tiene causa el ser blanco y la tiene igualmente el ser músico, pero el ser músico blanco no la tiene, porque tal ente no es propiamente ser, como tampoco es propiamente uno. Ahora bien, toda acción de la naturaleza tiene por objetivo algo que es determinadamente uno.
Por lo tanto, es imposible
que lo que es accidentalmente, en sí mismo sea efecto de algún principio que sea agente natural. De modo que ninguna causa natural puede obrar en cuanto tal: este sería el cado del que intenta cavar un sepulcro y encuentra un tesoro. Y como es evidente que los cuerpos celestes actúan a modo de principio natural, se sigue que igualmente son naturales sus efectos terrestres.
Igualmente, es imposible que alguna fuerza activa de los cuerpos celestes sea la causa de las cosas que aquí abajo suceden accidentalmente, bien por casualidad, bien fortuitamente.
Con todo lo dicho el Filósofo concluye diciendo que las cosas que en este mundo suceden accidentalmente, sea en el orden natural o en el orden humano, se reducen a alguna causa que de antemano las ordena, y esta no es otra que la Providencia divina. No hay inconveniente para que aquello que es ser por accidente, sea concebido por algún entendimiento como un solo ser.
En caso contrario, sería imposible que el entendimiento formara la siguiente proposición: cavando un sepulcro encontró un tesoro. Del mismo modo que el entendimiento puede hacer tal concepción, se puede también realizar. Y lo ilustra completrando el ejemplo deantes: Si alguien, conocedor del lugar en el que está escondido el tesoro, anima a un labriego, que lo ignora, a que cave allí un sepulcro.
Así, no hay inconveniente en que las cosas que suceden accidentalmente, como fortuitas o casuales, se reduzcan a alguna causa ordenadora que obre por el entendimiento. De ahí que la ordenación de los actos humanos cuyo principio es la voluntad, sólo puede atribuirse a su Creador.
Para concluir, podemos admitir el hado en el sentido de que todas las cosas que suceden en este mundo están sujetas a la Proovicencia, como ordenadas por ella y, si se puede decir, prehabladas. Sin embargo, hay doctores de la Iglesia que rechazaron el uso de esta palabra para no favorecer a aquellos que abusaban de ella creyendo dar a entender cierta capacidad de los astros.
Por: BVDelgado | Cosmología | Comentarios (1) | Referencias (0)
mis reflexiones filosóficas y sociales, en voz alta, sobre la realidad de la vida humana, invitando, a su vez, a dialogar reposadamente, e intercambiando así nuestras posibles posiciones plurales.
Diseñado por Studio.st
Online gracias a Bitacoras.com